El Centro de Estudios Políticos y Gobierno de la UCAB ha venido realizando una serie de propuestas sobre la situación política en Venezuela desde el mundo académico. A continuación ponemos a disposición de nuestros lectores un texto de su director sobre el tema de la transición democrática.

Hemos venido planteando que una transición política en Venezuela no es ya un tema de preferencias sino una condición sine que non de la que depende la viabilidad del Estado y la vida misma de millones de seres humanos en Venezuela que, ante la desesperación, se exilian de su tierra y de su hogar sin certeza de su destino huyendo del hambre y la enfermedad para buscar al menos un mañana menos incierto haciendo cualquier cosa en cualquier otro lugar.

Atendiendo a la trascendencia de esta urgencia, desarrollamos una propuesta sobre cómo producir una transición democrática en Venezuela, la cual incluye cinco tareas básicas: presión interna, presión internacional, reducción de los costos de tolerancia, tener un plan para un gobierno que atienda la gobernabilidad durante la transición y prepararse para una elección presidencial.

La ruta descrita demanda un factor esencial hasta ahora inexistente, un liderazgo responsable de la dirección del proceso. Tal como sucede con una orquesta, ésta no puede funcionar sin un director y una partitura (plan bien definido) y tampoco con varios directores que dan instrucciones simultáneamente siguiendo partituras distintas. Se necesita un director y una partitura.

Sin tal liderazgo resulta imposible lograr avances significativos en ninguna de las tareas necesarias. Sin liderazgo es imposible lograr el nivel de coordinación para movilizar a la sociedad de manera masiva y coordinada para generar los niveles necesarios de presión interna. Sin liderazgo no es posible coordinar esfuerzos con la comunidad internacional de manera eficiente. Sin un liderazgo que ejerza la dirección y vocería del cambio es imposible construir una visión coherente del país posible; ni los actores gubernamentales, o quienes les sostienen en el poder, encontraran una contraparte con quien negociar. Sin un liderazgo unitario, alrededor de quien se generen expectativas creíbles de cambio, es imposible conformar equipos de trabajo que puedan preparase adecuada y oportunamente para gobernar en medio de las dificultades e inestabilidad propias de una transición política. Sin un liderazgo unitario es imposible estar preparados para ganar una elección y blindar a un nuevo gobierno de la legitimidad necesaria para consolidar una democracia, bien sea que esta elección se produzca como resultado de la presión interna e internacional, de una negociación, o como consecuencia de una renuncia o ruptura del bloque de gobierno. Toca hoy desarrollar algunas ideas sobre como colocar un liderazgo legitimo al frente del proceso.

Tal liderazgo, para ser efectivo a los fines de llevar al país hacia una transición y luego consolidarla, debe gozar de un importante nivel de consenso, por lo que difícilmente éste puede derivarse de un acuerdo entre elites partidistas que nunca sería representativo de un país que, aunque hoy demanda por unanimidad un cambio democrático, dejo de confiar en los partidos, como demuestran la totalidad de los sondeos de opinión pública.

Si los partidos no pueden decidir tal liderazgo en representación de los ciudadanos, que hoy no se sienten representados por éstos, además de las dificultades más que demostradas para alcanzarlo, porque tal decisión no le otorgaría la tan necesaria legitimidad, entonces toca a los ciudadanos decidir, de manera directa, en quien confían para liderar lo que sería el proceso político de mayor trascendencia nacional desde su independencia hace casi doscientos años.

Tal decisión sobre el liderazgo puede darse tan solo por dos caminos. Un primer camino es el propio de la evolución natural de un liderazgo, mediante un proceso de darwinismo político en el que la mayor parte de los lideres actuales se extinguirán mientras otros, más aptos para lidiar bajo las actuales circunstancias, emergerán y se posicionarán políticamente hasta que tengan la fuerza y encuentren el camino para desplazar a quienes hoy ocupan el poder. Este proceso, como seguramente Usted ya intuye, puede tomar años y hasta décadas, sin que muchos de nosotros alcancemos a ver su concreción, con costos humanos y de reconstrucción que serían inaceptables.

Una segunda alternativa es la de crear las condiciones necesarias para acelerar este proceso, o sea para que los ciudadanos puedan elegir de manera directa un líder para colocarlo al frente de este proceso, e iniciar así, de manera inmediata, coherente y orquestada, el camino que nos llevaría hacia un proceso de cambio político que podría concretarse en los próximos meses si existe la voluntad y determinación de amplios sectores de la sociedad venezolana para ello.

¿Por qué una elección abierta?

La propuesta que hemos venido manejando, la hemos planteado en nuestro portal PolitikaUcab y ha sido presentada recientemente ante partidos políticos y plataformas de la sociedad civil como Creemos Alianza Ciudadana y el Frente Amplio Venezuela Libre, así como a otros actores representativos de la sociedad civil, y aunque no ha conseguido consenso entre los partidos de oposición -lo que no debe extrañar porque es la suerte que corren la mayoría de las propuestas por la situación de dilema de prisionero de la que hemos hablado en diferentes oportunidasdes, si ha merecido una mayor consideración de parte de actores y líderes sociales.

Esta propuesta consiste en la organización de una elección abierta para definir tal liderazgo. Esta elección debe ser organizada por los cinco actores que gozan de mayor credibilidad y confianza en el país, o sea la iglesia, las universidades, los estudiantes, y los lideres de la sociedad civil organizada y de las fuerzas productivas del país (empresarios y trabajadores), sin la participación del Consejo Nacional Electoral. En esta elección deben poder participar todos los venezolanos mayores de 18 años, inscritos o no en el Registro Electoral, residentes o no actualmente en Venezuela, ya que su participación misma en este proceso es la mejor prueba de su disposición para esta lucha. Si se logra que haya una elección presidencial también se podrá lograr que estas personas sean debidamente registradas para votar en una próxima elección.

En este mismo sentido, en esta elección deben tener el derecho a ser elegidos, en condiciones de igualdad, todos quienes tengan la voluntad, preparación y disposición para liderar al país en un proceso de transición política que será extraordinariamente complejo, sean éstos miembros de partidos políticos o no, estén o no habilitados políticamente, siempre que reúnan las condiciones establecidas por la Constitución para participar en una elección presidencial. Como decíamos en el párrafo anterior, si se logra la presión necesaria para que se celebre una nueva elección también se logrará que ésta se desarrolle bajo reglas distintas que permitan la participación del líder que el país escoja y no el que el régimen pretenda escoger por nosotros.

Obviamente, en una elección abierta a la participación se corren dos riesgos principales, uno es la dispersión de votos entre candidatos, conocidos o emergente de este proceso, que pudiesen traer como consecuencia que quien resultase electo por una mayoría relativa no cuente con el reconocimiento de una parte importante del resto de los electores. El otro es que tal elección, como algunos temen, termine generando una importante pugnacidad que haga más difícil la posterior cohesión de todo el movimiento democrático en torno a tal liderazgo.

Ambos obstáculos pueden superarse con una solución sencilla que ha sido probada en procesos electorales en otros países, una elección con selección múltiple. Pare ello existen varias metodologías con distintos niveles de complejidad, pero creo que en nuestro caso particular lo más sencillo puede ser lo más eficiente. Cada elector tendría la oportunidad de votar por tres candidatos de su preferencia. Esta metodología tendría dos ventajas, la primera es que todo candidato, al necesitar de los votos de los electores de sus contendores, se vería obligado a reducir su pugnacidad hacia los otros candidatos a fin de poder ser incluido entre las preferencias de la mayoría de los electores. Si alguien necesita los votos de otro para poder ganar, nadie que dedique su campaña a descalificar podrá tener los votos necesarios para convertirse en una de las tres opciones para la mayoría de los electores. La segunda ventaja es que la persona que resulte ganadora de esta contienda será, sin lugar a duda, aquel con un mayor consenso y un menor rechazo entre todos los que se presenten en el proceso, ya que éste sería una de las opciones para la gran mayoría para los electores.

Para quienes piensan que nadie participaría en un proceso electoral de esta naturaleza en medio de las actuales circunstancias, la respuesta es que la disposición a participar ya ha sido medida por dos estudios que, aunque no son nuestros, son coincidentes y la estiman en alrededor de dos tercios de los electores de oposición. Ello implicaría una participación superior a la de la consulta del 16 de julio de 2017, e incluso a la de los supuestos resultados oficiales de la elección del pasado 20 de mayo.

¿Y después qué?

Las condiciones bajo las cuales se celebró la última elección presidencial hacen imposible para la comunidad internacional democrática el reconocimiento de la presidencia de Maduro a partir de la Enero de 2019. Tal situación constituye una ventana de oportunidad que solo es posible aprovechar si, y solo si, el país y la comunidad internacional se unifican y movilizan en torno a un solo objetivo que haría posible todas las demás aspiraciones: Elecciones Democráticas para elegir el gobierno de transición que deberá iniciar la gran reconstrucción nacional a partir de Enero de 2019.

Toca a todos los ciudadanos y sectores democráticos del país la tarea de iniciar un movimiento que, articulado como una gran orquesta bajo un mismo liderazgo y con una ruta claramente definida, nos permita llevar a ese líder legítimamente electo y reconocido a encabezar un gobierno de reconstrucción nacional que debe ser también electo en un proceso democrático, todo lo opuesto a lo que vimos el pasado 20 de mayo. Un proceso que no ocurrirá porque el gobierno lo vaya a permitir por una concesión graciosa, que nunca ha tenido ni tendrá la intención de dar, sino como consecuencia de la presión interna e internacional, tal como ha ocurrido en la mayoría de los procesos de transición en el mundo.

A partir de allí, aquellos actores moderados y racionales, vinculados al gobierno o las instituciones que lo sostienen, sabrán con quien hablar. A partir de allí, quienes quieran estar al servicio de la nación y no de las élites que desesperadamente se aferran al poder sabrán a quien escuchar y a quien dirigirse si quieren contribuir a un cambio que será inevitable. A partir de allí, quienes hoy ocupan puestos de liderazgo o autoridad en alguna institución tendrán que decidir entre servir a la nación o servir a las élites del actual régimen que gobiernan en contra de la voluntad de la nación.

Como una vez respondía Shimon Peres cuando se le preguntó si veía la luz al final del túnel en el conflicto entre su país, Israel, y Palestina, veo la luz, pero lo que aún no veo es el túnel que nos llevará a ella. Si alguien tiene una propuesta más realista que no implique sentarse a esperar a que otros decidan o hagan algo que nosotros no hemos sido capaces de hacer, seré el primero en reconocer, con la mayor humildad, la pertinencia de otra alternativa y poner mi mayor esfuerzo en la construcción de un camino que sea factible hacia una Venezuela libre, próspera y democrática. Mientras tanto seguiré insistiendo en la ruta propuesta con la esperanza de que caiga en tierra fértil y eche raíces entre aquellos liderazgos políticos y sociales, así como entre los ciudadanos que amamos esta tierra y actuamos de buena fe.

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La propuesta completa está en dos Cartas del Director, disponibles en PolitikaUcab.net